15 de noviembre
Alberto Magno
Obispo y doctor de la Iglesia
Consejo práctico
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Biografía
Nació en Lavingen, Suavia, el año 1193. Hijo de familia noble, tuvo una juventud despreocupada, dedicado con frecuencia a la caza a orillas del Danubio. Estudió en la Universidad de Padua. Un día oyó allí predicar al Beato Jordán de Sajonia, General de los Dominicos, y una luz súbita le transformó. Al bajar Jordán del púlpito, Alberto le pidió el hábito dominico. Tenía entonces treinta años. Este suceso parte su vida en dos. Empieza ahora una nueva etapa que se resume en tres tareas, que colmarán su vida: rezar, estudiar, enseñar. Pero estas tres tareas no estaban separadas. Las realizaba simultáneamente, como actividades complementarias, que se apoyaban y nutrían mutuamente, como partes integrantes de su personalidad. Sólo algún pequeño paréntesis le interrumpió: dos años como Obispo de Ratisbona, el provincialato, el ser predicador de la Corte pontificia y de la 8a. Cruzada, por orden de Urbano IV, y su asistencia al II Concilio de Lyon. Además de ser un hombre de oración, fue un hombre de estudio. El resultado fue un GRAN PROFESOR. Enseñó en Friburgo, Laussana, Ratisbona, Estrasburgo, y sobre todo en París y Colonia. Se le ha llamado el DOCTOR UNIVERSAL, por su saber enciclopédico, experto en todos los ramos del saber. En sus obras aparece el sabio, el filósofo, el teólogo y el místico. Fue un forjador de grandes maestros: San Buenaventura, Bacon, Hales, Duns Scoto y otros. Y el más ilustre, Sto. Tomás de Aquino. Alberto lo descubrió y estimuló. Cuando algunos condiscípulos apodaban a Tomás como "el buey mudo", Alberto les corregía, diciéndoles: "sí, pero sus mugidos conmoverán el mundo". Tomás recogió de Alberto la tradición filosófica y teológica. Y junto al sabio: el místico y el santo. La armonía que supo encontrar entre la ciencia y la fe, la vivía en todos los aspectos de la vida: rectitud, lealtad, caridad. Sus devociones preferidas, en las que se refugiaba para alimentar su espíritu, eran la misa, la pasión de Cristo y la Virgen María. Era un sabio humilde, que sabía que todo lo recibía de Dios. Y era un sabio caritativo que todo lo comunicaba a los demás. Siempre luchó por defender la Verdad, no por defender lo que creyera que eran sólo opiniones suyas. Pasó sus últimos años en Colonia, a orillas del Rhin, preparándose para el tránsito final. Pide conocer el lugar de su sepultura, y ante él reza todos los días su mismo oficio de difuntos. La muerte le sorprendió orando y trabajando, como había vivido siempre: Dando los últimos retoques a un tratado sobre el Santísimo Sacramento. Murió el año 1280.